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Françoise Roy
Quebec, Canadá, 1959
10. El párpado
Velo de alabastro sobre las dos lunas llenas del iris, la compacta caliza del ojo humano (el único facultado para ver a Dios después del pulimento de la luz), el párpado encuentra su lugar en la taxonomía del cuerpo como señor del sueño. Pregúntele al pez, susceptible de insomnio, que sin esa cortina fue condenado, desde la Antigüedad, a mirar perpetuamente la transluciente materia del agua.
¿Qué mano de la vigilia se cansa de sostener su movimiento de péndulo vertical? De pronto, vencida por el peso de las horas acumuladas en la balanza de un día, lo suelta como pluma de ave aliblanca en el tálamo negro de los durmientes, con su olor a noche cerrada.
¿Qué harían los muertos sin ese par de alas de piel en forma de media luna, tan finamente cinceladas por el buril de un sastre de carne? Con sólo imaginarlos así de inmóviles, sorprendidos por la hoz del tiempo, la mirada fija sobre lo último que miraron (amantes de lo detenido que nada perturba), se entiende de paso la creación de la mano: la mano sirve para bajar los párpados.
¿También ellos, los muertos, soñarán, como si el revés del párpado tuviese gravado su cristalina estructura de niebla en el pozo donde suceden las cosas del alma? ¿Y si su influencia no traspasara el umbral del recuerdo? ¿O bien, si la muerte, con su boca de polvo que nos ha de tragar vivos, con su blanca resina de cal viva, fuera la que les presta a los párpados el plomo con el que no han de levantarse nunca más sobre la belleza del mundo?
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